Hacer el bien… ¿es tan difícil?

Sí, lo es. ¿Le ha causado daño alguien que parecía bueno? ¿Le ha decepcionado su forma de actuar cuando su discurso se puso a prueba en la organización? Es frustrante encontrar un «líder» recto en lo simple y cómodo, pero que se desdibuja cuando debe actuar con coraje.

Hace el bien la persona noble, congruente con su propósito de vida, consciente del impacto de sus decisiones en otros, valiente para rectificar oportunamente sus errores o, si lidera, los de sus reportes directos. Decide con base en hechos verificables, no en presunciones.

Hace el bien quien cultiva su discernimiento y observa la realidad sin juicios ni sesgos. Procura apartar lo que le reste claridad y objetividad. Se informa, escucha con equidad, no se precipita ni se contamina con voces que provienen de la opacidad de su conciencia.

Al actuar así, desde sus principios, crece en serenidad, inspira ecuanimidad y regula sus emociones. Pese a un entorno vertiginoso y tenso, no claudica en sostenerse en lo justo, relevante y controlable, aun cuando ello implique incomodidad, conflicto o impopularidad.

Hace el bien quien, en equipo, asume el desafío de aprender y profundizar más allá de lo aparente. Solidario y justo, coopera por encima de su deber. Sin temor a actuar y expresar lo correcto, de frente y con respeto; su disciplina al cuestionar sus propias interpretaciones le permite responder con sabiduría y criterio, no reaccionar desde la sensiblería banal.

Esa disciplina se extiende al autogobierno: asumir lo controlable y reconocer límites, sin la ilusión de un poder ilimitado. En la empresa, quien se esmera en hacer el bien gestiona con excelencia y aprendizaje continuo los procesos que le competen y sobre los que influye.

Hacer lo correcto, bien hecho, permite disfrutar el camino. La ruta hacia los resultados puede ser grata o tormentosa: se transita como auténtico protagonista o se es arrastrado entre piedras afiladas por quien reduce el camino a la medida de su «éxito» egocéntrico.

La empresa moderna compite desde su cultura y prioriza que cada miembro sea «embajador» de su propósito y valores. Hacen el bien quienes son y se sienten libres en ella, sin la esclavitud de sus propios miedos, como afirmaba Séneca. Sentirse cocreador de la empresa aporta libertad, protagonismo edificante y consolida una cultura con propósito.

El líder moderno también prioriza lo que en verdad puede «gestionar». Por eso, distribuye responsabilidades y empodera al equipo para asumirlas; se enfoca en lo absolutamente importante. Sabe que cuanto menos poder acumula, más lejos puede mirar: el futuro.

En síntesis, no es hacia afuera sino hacia adentro donde se concreta la secuencia: bien ser, bien hacer, bien tener, bien estar. Todos tenemos esa intención. Entonces, ¿qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para que lo esencial no se sostenga en la práctica?