La fragmentación de la atención socava la concentración que la mente necesita para concluir una labor con alta calidad y puntualidad. Retomarla, después de revisar un mensaje en el celular, por ejemplo, obliga a retroceder para ordenar las ideas. Incluso, esas interrupciones pueden terminar ocupando más espacio que las verdaderas prioridades.
Sin darnos cuenta, nos volvemos esclavos de lo inmediato, reactivos y pendientes de opiniones ajenas. Se esfuma lo relevante, la brújula pierde el norte y el vacío reemplaza la satisfacción del logro. Simple: si la atención no tiene dueño, lo superfluo logra secuestrarla.
Si la mente es usurpada por emociones intensas como el miedo, la ira, la ansiedad, la culpa, la tristeza o la frustración, el razonamiento se entorpece, se desordena y se nubla. Entonces, ellas toman el control de la atención y del tiempo, sin la inteligencia emocional como guía.
Cuando se sufre una injusticia dolorosa e incuestionable, el resentimiento y la decepción abren una herida difícil de sanar. La teoría del perdón se tambalea. Es como si el causante también se hubiera apropiado del control remoto de las emociones y de la atención. Esta situación empeora cuando quien puede rectificar y hacer justicia se acobarda y se esconde.
Otro inaudito secuestrador es el conocido síndrome del límite superior. Así como algunos temen fracasar, otros temen el éxito y sabotean su concentración para alcanzar una meta o sobrepasar lo ya logrado. Entonces, se desvían, casi sin advertirlo, del camino al éxito.
La atención se pierde también cuando se menoscaba la razón para hacer las cosas de manera correcta y eficiente; se desdibujan el sentido y el significado del cumplimiento. Se deja de creer en su valor y comienza a confundirse el activismo estéril con el avance real.
Sigamos. Ocuparse sin descanso evita disponer de tiempo para reflexionar, cuestionar y priorizar. Con tal de no cuestionarse, se aduce imposibilidad. En consecuencia, la reacción y no la planificación se convierte en el hábito, en el mandamás de la atención. ¡Vaya hábito!
¿Alguna vez ha justificado su desatención con estas frases? «Por más que me esfuerzo, no veo resultados», «Suelo perder confianza en mí en pocos días», «Tengo demasiadas metas pendientes», «Hay relaciones en la empresa que me hacen perder el rumbo». ¿Se reconoce?
«Te conviertes en aquello a lo que prestas atención», advierte Epicteto. Tomar conciencia, con honestidad y realismo, es el primer paso para asumir el control de las prioridades. Actuar, un día a la vez, es el segundo. Sin auténtica disciplina no hay crecimiento ni avance.
La atención consciente es el puente que conecta las aspiraciones con los resultados. Si la mente no está en el aquí y el ahora, anda de paseo por el allá y el entonces. Evitar la dispersión exige visión, sabiduría y coraje. ¿Le caracterizan? ¿Quién o qué dirige su atención hoy?
Sin darnos cuenta, nos volvemos esclavos de lo inmediato, reactivos y pendientes de opiniones ajenas. Se esfuma lo relevante, la brújula pierde el norte y el vacío reemplaza la satisfacción del logro. Simple: si la atención no tiene dueño, lo superfluo logra secuestrarla.
Si la mente es usurpada por emociones intensas como el miedo, la ira, la ansiedad, la culpa, la tristeza o la frustración, el razonamiento se entorpece, se desordena y se nubla. Entonces, ellas toman el control de la atención y del tiempo, sin la inteligencia emocional como guía.
Cuando se sufre una injusticia dolorosa e incuestionable, el resentimiento y la decepción abren una herida difícil de sanar. La teoría del perdón se tambalea. Es como si el causante también se hubiera apropiado del control remoto de las emociones y de la atención. Esta situación empeora cuando quien puede rectificar y hacer justicia se acobarda y se esconde.
Otro inaudito secuestrador es el conocido síndrome del límite superior. Así como algunos temen fracasar, otros temen el éxito y sabotean su concentración para alcanzar una meta o sobrepasar lo ya logrado. Entonces, se desvían, casi sin advertirlo, del camino al éxito.
La atención se pierde también cuando se menoscaba la razón para hacer las cosas de manera correcta y eficiente; se desdibujan el sentido y el significado del cumplimiento. Se deja de creer en su valor y comienza a confundirse el activismo estéril con el avance real.
Sigamos. Ocuparse sin descanso evita disponer de tiempo para reflexionar, cuestionar y priorizar. Con tal de no cuestionarse, se aduce imposibilidad. En consecuencia, la reacción y no la planificación se convierte en el hábito, en el mandamás de la atención. ¡Vaya hábito!
¿Alguna vez ha justificado su desatención con estas frases? «Por más que me esfuerzo, no veo resultados», «Suelo perder confianza en mí en pocos días», «Tengo demasiadas metas pendientes», «Hay relaciones en la empresa que me hacen perder el rumbo». ¿Se reconoce?
«Te conviertes en aquello a lo que prestas atención», advierte Epicteto. Tomar conciencia, con honestidad y realismo, es el primer paso para asumir el control de las prioridades. Actuar, un día a la vez, es el segundo. Sin auténtica disciplina no hay crecimiento ni avance.
La atención consciente es el puente que conecta las aspiraciones con los resultados. Si la mente no está en el aquí y el ahora, anda de paseo por el allá y el entonces. Evitar la dispersión exige visión, sabiduría y coraje. ¿Le caracterizan? ¿Quién o qué dirige su atención hoy?
