Yellowknife, Canadá. En apenas dos días pasé de +28 °C a −30 °C, al trasladarme de Costa Rica a esta ciudad conocida como «puerta de entrada al Ártico»; comparto analogías entre esta vivencia y conductas requeridas en empresas que afrontan escenarios retadores.
Transformación. El desplazamiento hacia un entorno absolutamente distinto solo se supera abandonando parte del modo previo de actuar. Ni siquiera parte de la vestimenta usual es funcional aquí. En analogía, en las empresas surgen situaciones que deben asumirse para reinventarse.
El clima manda, punto. En varios de nuestros países salimos de casa y nos trasladamos a la oficina sin mayor previsión. Aquí debemos imponernos una preparación rigurosa antes de abrir la puerta para salir a enfrentar contextos exigentes; cada detalle resulta decisivo.
Errores costosos. Una pareja japonesa me solicitó tomarles una fotografía; me quité el guante y la consecuencia en dos dedos se prolongó por algunas horas. Si una empresa atraviesa momentos complejos, la buena voluntad y la improvisación sin discernimiento pueden pasar factura. Un error irreparable no siempre es «aprendizaje»: a veces es pérdida.
Las capas importan. Cada parte del cuerpo necesita ser protegida por capas de ropa; su secuencia y diversidad deben ser adecuadas. En una entidad, todos los niveles de gestión —capas— son vitales: no sirven los «héroes» que asumen el monopolio de la verdad.
La pregunta adaptativa. Los locales tienen experiencia y saber práctico para orientar; son generosos al informar y, en estas condiciones, su aporte es vital. En una organización, un nuevo jefe o miembro llega con humildad y preguntas, no con recetas dictadas por el ego.
Pausas y reacomodos. El frío inclemente y las nevadas intensas obligan a caminar despacio, a detenerse, a tomar aire y continuar. Del mismo modo, los líderes de equipo no deben excederse ni forzar la marcha; han de ser reflexivos y regular su energía y la del equipo.
Apertura a lo inesperado. Se llega a territorios remotos con planes, itinerarios y anhelos —ver auroras boreales, por ejemplo—; no obstante, las condiciones climáticas enseñan que, lejos de ser una debilidad, prepararse para lo imprevisto y adaptarse es regla de oro.
La permanencia es ilusoria. El sol no transita de este a oeste. Aparece a las 9 a. m. en el sureste y se oculta en el suroeste a las 5 p. m.; apenas se desplaza sobre el horizonte. Los lagos congelados se transforman en vastas plataformas de nieve. Nada es permanente: como en la empresa, todo tiene su razón de ser y cambia. Adaptarse no es opcional.
La aurora boreal: experiencia única, fruto de espera paciente y resiliente, tolerancia a «incomodidades» y enclaustramientos momentáneos. Del trópico conocido al norte extremo aprendemos que la adaptabilidad no es reaccionar rápido, sino responder bien.
