¡El Ring de los Egos!

El enfrentamiento entre dos personas por imponer su «razón» se asemeja a una pelea en un ring: golpes van y vienen, hay heridas, agresividad, tácticas para vencer al otro, desgaste creciente y, al final, el perdedor busca revancha. ¿Sucede algo similar en las pugnas dentro de una empresa? ¿Es posible ganar sin entrar el ring o, incluso, salirse de él a tiempo?

Muchos conflictos surgen por la disputa de un recurso escaso, por diferencias de criterio no resueltas mediante un diálogo constructivo o por la escalada de emociones negativas. Esto se agrava, especialmente, cuando alguien no busca resolver, sino imponer su «verdad».

¿Ha caído usted en la trampa de desviarse de sus buenos propósitos al prestar atención a quien no le interesa comprenderle, sino afectar sus emociones, su reputación y su paz? El poder de esa persona crece cuando se complace al ver el efecto que causa en usted.

En India, consulté a un monje sobre qué hacer ante alguien que se empeña en hacernos daño. Me entregó un objeto y luego indicó que le diera otro, pero no lo aceptó. Entonces dijo: «Lo que te di ahora es tuyo porque lo aceptaste. En cambio, yo no debo cargar lo que no te recibo. Eso mismo ocurre cuando respondemos a las mortificaciones que nos ofrecen…».

Lo ideal es no subir al «ring», incluso sabiendo que ganaríamos un combate irrelevante. Lo inteligente es no reaccionar, mantener el control, la claridad sobre lo relevante y la fortaleza de saber que no necesitamos demostrarle nada a quien solo pretende desgastarnos.

El monje agregó: «Desde la ira queremos ganar todos los pleitos, y eso es ego; desde el coraje seleccionamos los que valen la pena, y eso es proteger nuestra dignidad». No responder no es debilidad, sino sabiduría. Es tener el poder del desapego de lo que resta.

Hay personas que sufren en las organizaciones porque suben al «ring» buscando la validación de los demás. Se sienten obligadas a aclarar toda opinión sobre ellas. Aún no han descubierto la fuerza de aplicar la ley del hielo a quienes roban su ecuanimidad.

¿Qué buenos hábitos nos ayudan a evitar la tentación de entrar en estos combates de ego? Primero, hacer pausas ante los estímulos externos: «leer» la emoción que provocan, valorar si realmente conviene reaccionar y avanzar con discernimiento. Segundo, el desapego: «¿debo sufrir haciendo mío lo que sucede? ¿Tendrá esto igual relevancia en unos meses?

Tercero, invertir el tiempo con personas que nos edifican: alejarse de aquellas que tienen malas vibras o intenciones ocultas. Cuarto, el humor. No tomarse todo demasiado en serio. Hasta las aguas de un lago recobran su forma luego de recibir una piedra. ¡Saber soltar!

Finalmente, cultivar la serenidad con claridad de rumbo. Un sabio silencio es más poderoso que un alegato; ignorar los «ruidos» es señal de fortaleza para no entrar al ring de los egos.

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