La calidad del desempeño de un equipo depende, en buena medida, de la calidad de sus conversaciones. No obstante, es frecuente que ciertos miembros adopten formas de pensar y expresarse que obstaculizan el avance hacia buenos resultados. He aquí algunas…
Lo que yo siento es lo real. Una persona teme a los cambios, entonces argumenta que las innovaciones son riesgosas. «Cuando siento temor ante lo desconocido es indicio de que algo malo sucederá», razonaría sesgadamente quien toma su emoción por realidad objetiva.
Autodescalificación recurrente. «Ahora, en agosto, no alcanzamos las metas; así nos pasa todos los años». «No somos capaces de superar nuestras limitaciones». ¿Hay alguien en su equipo que suele echar agua helada al afán de superación? La descalificación se propaga también a personas, ideas e intenciones ajenas. ¡Negativismo crónico, todo se ve mal!
Yo leo la mente de los otros. Un miembro se cree tan inteligente que supone y juzga las intenciones, propuestas y puntos de vista de sus colegas, sin evidencia ni escucha previa. Puede ponerse a la defensiva cuando en realidad nadie lo está atacando…
Mente catastrófica. El mínimo inconveniente adquiere proporciones desmedidas. Luego, detona una emoción intensa, como el miedo, que puede contagiar al resto del equipo. «El jefe está reunido con los de Recursos Humanos, seguro nos van a despedir», por ejemplo.
Generalización sin límites. «Aquí no veo buena actitud de nadie», diría quien dirige un equipo sin reconocer las diferencias individuales. Un hecho aislado termina convertido en regla general. Se usan calificativos y creencias extremas sin cuestionarlos ni validarlos.
Dictadura de los deberías. Rigidez extrema en la interpretación de normas y políticas. Poco margen para discernir y aplicar el buen criterio. Exigencias que burocratizan y atascan al equipo. Algún intransigente sofoca la creatividad si las cosas no se hacen a su modo.
Etiquetamiento indiscriminado. «Usted es un necio», «ella es irresponsable», «los de ese departamento son vagos». «Yo soy malísimo en eso, desde que nací». Así, las personas quedan reducidas sin más a una palabra, a un «sello», a estereotipos. ¿Le pesa alguno?
Agreguemos más malos hábitos: crear rumores, usar el sarcasmo para ridiculizar, culpar para justificarse, caer en extremismos (blanco o negro, bien o mal). ¿Más? Intolerancia a las discrepancias, falta de humildad, atribución infundada de intenciones y reacciones desmedidas. Todo ello erosiona el sentido de pertenencia y los resultados colectivos.
Un equipo que aspire al alto desempeño necesita erradicar estas distorsiones. ¿Difícil? ¡Sí! Pero puede dedicar un par de horas cada seis meses a «conversar sobre cómo conversamos» y pactar códigos estrictos para dialogar con confianza, madurez e integridad.
