Columna # 974: “¿Pierde usted el control por lo incontrolable?”

Actuar con sabiduría es distinguir entre lo que controlamos, aquello sobre lo que apenas podemos influir y lo que escapa a nuestro control. Reconocer estas diferencias es fuente de ecuanimidad, mesura y sensatez. Lo contrario es entregar el “control remoto” de nuestras emociones y exponernos a crisis.

Imagine los efectos que causa un jefe que se cree dueño de la verdad, que opina sin terminar de escuchar y que pretende decidir y controlar incluso lo que no le corresponde. ¿Qué cosecha? Desgaste, pérdida de confianza y resistencia silenciosa a su “liderazgo”.

Su actitud omnipotente lo convierte en prisionero de su apetito de poder y lo conduce a la soledad pues se alejan quienes piensan por sí mismos y se respetan. Peor aún si ese “jefe” evade responsabilidades y recurre a excusas para no hacer lo justo.

En contraste, un líder emocionalmente inteligente reconoce sus límites. Gobierna su mente antes que acontecimientos externos. “Cuando ya no podemos cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”, señala Viktor Frankl.

Quienes se obsesionan con controlar más allá de los límites terminan perdiendo su propio control y pueden desatar tempestades en su entorno. Rompen acuerdos de empoderamiento, irrespetan a colegas y colaboradores y así siembran el desorden.

No se trata de resignarse ni de ser pasivos o indiferentes, sino de concentrar la energía en lo que sí corresponde controlar o influir. Esta dosis de realismo genera serenidad, pues permite convivir con la convicción de que no necesitamos controlarlo todo.

Incluso, en el plano personal, sufrimos cuando no aceptamos lo que no depende de nosotros o nos aferramos a algo o a alguien que no nos corresponde gestionar. Lo sensato es actuar con coraje, sabiduría y disciplina, respetando límites y personas, sin renunciar a la paz interior que nace de reconocer qué debemos asumir y qué no.

Aprender a convivir con las tres zonas – lo controlable, lo influenciable y lo incontrolable- permite fluir con la realidad. Según una analogía del estoico Crisipo, un perro atado a una carreta puede seguirla y disfrutar el camino sin resistencia o sufrir al intentar detenerla.

Cicerón indicaba que, en el tiro con arco, los arqueros dominan muchas variables en juego, pero una vez que sueltan la flecha, intervendrán factores ajenos a su control, como el viento. Igual en las organizaciones: nadie tiene absolutamente todo bajo control.

La calidad del liderazgo, las relaciones entre áreas de la empresa y la creación de experiencias memorables de clientes exigen la excelencia en lo controlable y sabiduría para influir con lo demás, sin permitir que lo incontrolable nos descontrole.