Y usted, ¿está dentro o fuera de la “argolla”?

Cuando el amiguismo, el parentesco y las transacciones de poder entre unos pocos se imponen en una organización, la razón de ser de esta se desvirtúa. Como consecuencia, en el momento clave, cuando más “duele”, sus ideales y resultados toman el camino menos deseado, porque para triunfar se necesita ser un auténtico equipo, una familia y no un simple grupo. “Lo malo de las argollas es estar fuera de ellas”, reza un popular adagio. Ahora, ¿qué sucede cuando estas toman el control?
 
En ocasiones, el que lidera asume su papel a medias, es decir, no cuenta con la capacidad requerida y necesita allegados que lo complementen. Estos, con el consentimiento de ese líder, “manejan” el grupo y a cambio reciben prerrogativas y la garantía de su membresía. También sucede lo contrario, esa persona es competente, pero necesita imponer sus planes para cosechar beneficios, entonces, se rodea de un círculo ejecutivo pequeño y cerrado. Así, los miembros se dividen en dos: sus incondicionales y los que conservan su callado espíritu crítico, mas sin ser parte del “club”.
 
Las argollas existen porque hay una transacción formal o informal entre sus miembros: privilegios, dinero, algo que encubrir, fama, conocimientos, cuotas de influencia sobre quienes tienen el poder. O porque han permanecido juntos mucho tiempo y se resisten a ser permeados, por eso desprecian lo nuevo y lo desconocido, sea talento, tecnología o innovación. Piensan que al abrirse arriesgan su “pertenencia” o que tendrán que salir de su zona de confort. La paradoja es que a veces hasta compiten por recursos ilimitados y repelen incorporar miembros que aumentarían su potencial.
 
Hay que saber discernir entre las afinidades naturales que unen a las personas y la “argolla” que afecta la fluidez de las interacciones sanas y constructivas. En la vida seleccionamos a los amigos, pero a los compañeros de trabajo no y esto es normal. Las argollas provocan que los que no están en ellas generen otro tipo de vínculo para compensar la falta de sentido de pertenencia al equipo.
 
El mayor riesgo de una organización controlada por argollas es que sus bases no son sólidas. Hacia afuera pregona un discurso que no coincide con lo que vive internamente. Poco a poco, las apariencias se derrumban, los resultados son erráticos, el clima de trabajo se vuelve tenso y aprensivo. Las conversaciones de fondo son cada vez más escasas. El sentido de la empresa, los valores y el uso de las capacidades personales son sustituidos por “piñatas” de egos, protección de lealtades y satisfacción de agendas grupales. La mística se va desdibujando, afloran ciertas rivalidades y las subjetivas decisiones se justifican con argumentos que despiertan perspicacia.
 
“Aquí todos somos iguales, pero hay unos más iguales que los demás”, se dice en algunos equipos. Los círculos de privilegiados existen por doquier, hay que convivir con ellos. El problema es cuando su peso desequilibra el rumbo, frena el ritmo y descarrila los propósitos pregonados. Si los líderes no reaccionan a tiempo, lo lamentarán luego adentro o afuera de la empresa o equipo.
 
Sin esa rectificación −y dada la incapacidad de reinyección de nuevas visiones, miembros, talentos, recursos, retos y modos de hacer que las cosas sucedan− se activa la tendencia natural de deterioro en las organizaciones. Sin renovación, hay estancamiento y retroceso en el desempeño. Los líderes que creen saberlo todo, los que se resisten al cambio por temor a las argollas −que también ostentan el monopolio de la verdad− harían bien en atender la advertencia del brillante Stephen Hawking: “El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento”.

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