Es un hecho: cuando un miembro del equipo se siente parte de él y desarrolla una profunda conexión emocional con sus compañeros, su comportamiento lo evidencia. Su adhesión a las metas y normas, el trabajo arduo y la responsabilidad individual son prueba de ello.
Entonces, ¿qué se debe impulsar más: la pertenencia o la disciplina? En una cultura de alto desempeño, la disciplina rara vez requiere atención; emerge de manera natural. La pasión por el propósito, los valores y una convivencia productiva fortalecen la cohesión interna.
«La fuerza del equipo está en cada miembro. La fuerza de cada miembro está en el equipo», indica Phil Jackson. En síntesis, cultivar el sentido de pertenencia constituye un cimiento del alto desempeño: hacer las cosas de manera extraordinaria, creciente y sostenible.
Algunas empresas y equipos deportivos sufren más por sus omisiones que por sus errores. Al no trabajar deliberadamente la integración, el desarrollo integral, la vivencia de principios, la retroalimentación, el liderazgo colaborativo y otros aspectos esenciales, asumen que el talento individual basta. No, ese no es el camino. El talento suma; la cohesión multiplica.
La sola obsesión por los resultados suele alejar a los equipos de alcanzarlos. En cambio, el trabajo sostenido sobre los procesos humanos que los generan representa una ruta más segura. La diferencia está en la sabiduría para gestionar ese balance al dirigir equipos.
Incorporar un nuevo miembro a la cultura de una organización implica mucho más que sumar su talento y asignar tareas. Requiere, por ejemplo, conocer a la persona: sus antecedentes, su realidad integral, sus anhelos y los puntos de coincidencia con el equipo.
Esa conexión es lo que hace funcionar el trabajo colaborativo. Si un equipo deportivo gana un torneo, sus jugadores suelen afirmar: «Es que somos una familia». Con ese sentido de pertenencia, cada persona centra más su atención en aportar que en recibir del equipo.
¿Cómo se manifiesta una sólida pertenencia? En el cumplimiento riguroso de las reglas —aun sin supervisión—, el cuido de la reputación colectiva, el profesionalismo, la rigurosa rendición de cuentas, la confianza y la solidaridad, la autonomía y la resiliencia, el orgullo de representar al equipo, la lealtad a los valores institucionales y al propósito superior.
El liderazgo es vital. De él surge lo que se vale hacer y lo que no, la corrección oportuna y la celebración merecida, la conversación ajustada a cada persona y, sobre todo, el ejemplo. Por lo general, ese liderazgo no recae en una sola persona: suele ser compartido.
Los verdaderos líderes son humildes. Sus egos no los sabotean. Piden ayuda en temas que impactan el logro de metas colectivas. Entienden que el trabajo en equipo se sustenta en la responsabilidad individual y en un alto sentido de pertenencia que antecede a la disciplina.
Entonces, ¿qué se debe impulsar más: la pertenencia o la disciplina? En una cultura de alto desempeño, la disciplina rara vez requiere atención; emerge de manera natural. La pasión por el propósito, los valores y una convivencia productiva fortalecen la cohesión interna.
«La fuerza del equipo está en cada miembro. La fuerza de cada miembro está en el equipo», indica Phil Jackson. En síntesis, cultivar el sentido de pertenencia constituye un cimiento del alto desempeño: hacer las cosas de manera extraordinaria, creciente y sostenible.
Algunas empresas y equipos deportivos sufren más por sus omisiones que por sus errores. Al no trabajar deliberadamente la integración, el desarrollo integral, la vivencia de principios, la retroalimentación, el liderazgo colaborativo y otros aspectos esenciales, asumen que el talento individual basta. No, ese no es el camino. El talento suma; la cohesión multiplica.
La sola obsesión por los resultados suele alejar a los equipos de alcanzarlos. En cambio, el trabajo sostenido sobre los procesos humanos que los generan representa una ruta más segura. La diferencia está en la sabiduría para gestionar ese balance al dirigir equipos.
Incorporar un nuevo miembro a la cultura de una organización implica mucho más que sumar su talento y asignar tareas. Requiere, por ejemplo, conocer a la persona: sus antecedentes, su realidad integral, sus anhelos y los puntos de coincidencia con el equipo.
Esa conexión es lo que hace funcionar el trabajo colaborativo. Si un equipo deportivo gana un torneo, sus jugadores suelen afirmar: «Es que somos una familia». Con ese sentido de pertenencia, cada persona centra más su atención en aportar que en recibir del equipo.
¿Cómo se manifiesta una sólida pertenencia? En el cumplimiento riguroso de las reglas —aun sin supervisión—, el cuido de la reputación colectiva, el profesionalismo, la rigurosa rendición de cuentas, la confianza y la solidaridad, la autonomía y la resiliencia, el orgullo de representar al equipo, la lealtad a los valores institucionales y al propósito superior.
El liderazgo es vital. De él surge lo que se vale hacer y lo que no, la corrección oportuna y la celebración merecida, la conversación ajustada a cada persona y, sobre todo, el ejemplo. Por lo general, ese liderazgo no recae en una sola persona: suele ser compartido.
Los verdaderos líderes son humildes. Sus egos no los sabotean. Piden ayuda en temas que impactan el logro de metas colectivas. Entienden que el trabajo en equipo se sustenta en la responsabilidad individual y en un alto sentido de pertenencia que antecede a la disciplina.
