Está bien, no es su culpa; pero ¡sí su responsabilidad!

Los males sobrevienen de fuentes insospechadas, desde una pandemia hasta un jefe perverso; desde un accidente vial hasta un rumor infundado. Y las consecuencias pueden ser de gran alcance: estragos en nuestra salud, carrera profesional, bienes, familia, estabilidad emocional, etc. En estas y otras circunstancias existe el riesgo de confundir la culpa con la responsabilidad.

Esa confusión puede provocar serias complicaciones en la manera de reaccionar. Entonces, conviene saber distinguirlas para salir bien librados de las situaciones de crisis que, si bien no han sido provocadas por nosotros, demandan una reacción responsable y proactiva de nuestra parte.

Cometer un error y asumir la culpa es indicador de madurez, allana el camino hacia la propuesta de enmienda necesaria. El problema empieza cuando no se es causante de nada, y se invierte la energía en hallar culpables. Incluso, hay casos en los que, habiendo algún grado de culpa, esta no se acepta; consecuentemente, los pensamientos se anclan en ella. ¿Qué emociones afloran?

Rechazar o desviar la culpa —o simplemente concentrarse en buscarle una explicación— genera ira, rencor, suspicacia, impotencia, desazón, angustia, victimismo, tristeza, decepción, desánimo, pérdida de autonomía en la toma de decisiones y un largo etcétera. ¿Alguna vez le ha sucedido?

Para una comprensión más gráfica de lo dicho, ante una pandemia se desata una ola de especulaciones sobre el culpable. Tal reacción podría no distar mucho de la de quienes han sido despedidos por un jefe dominado por su impulsividad y sus miedos. ¿Y qué se gana centrándose en los autores de ese daño mundial o individual? Poco a nada. En tal caso, ¿qué se puede hacer?

Bueno, si bien no hay evidencia de culpa, la responsabilidad a la hora de decidir cómo se responderá ante una situación dada es ineludible. Este término proviene del latín responsum, o sea, ‘responder’. Asumirla es retomar el control, realizar actos conscientes, centrar la mirada en el futuro y no en el pasado, que es donde habita la culpa. La proactividad rebasa la pesadumbre.

Reaccionar ya es un gran paso, se escogen caminos no tradicionales, se realizan esfuerzos supremos, se definen prioridades temporales o permanentes, se reorienta el rumbo, el modo y el ritmo de hacer las cosas. La responsabilidad genera nuevos aprendizajes y desafíos para las personas y, más aún, sentido de dignidad, de autonomía, de capacidad para decidir otro norte.

Todos hemos escuchado que «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad», pero varios pensadores proponen algo mejor: «Una gran responsabilidad conlleva un gran poder». Las crisis obligan a tomar decisiones, ¿buscar culpables o soluciones?, ¿esperar que los «malos» reparen sus errores o seguir avanzando?, ¿encadenarse a las culpas o perdonar y perdonarse… crecer?

Asumir la responsabilidad ante una crisis es asumir un compromiso con el trabajo tenaz. «Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: las que trabajan y las que buscan el mérito. Me dijo que tratara de estar en el primer grupo: hay menos competencia ahí», relataba Indira Gandhi.

Agregar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *