Legitimidad: oxígeno del liderazgo

«Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto». Esta conocida frase, atribuida a diversos autores, denota un claro sentido. Puede aplicarse a países y a empresas, se relaciona con el uso y abuso del poder. Quienes inspiran y guían a las personas poseen, entre otros, dos recursos: autoridad y legitimidad, ¿cuál prevalece en su caso o entorno?

A los gobernantes de un país y a los gerentes de una organización se les confiere un poder formal, es decir, autoridad. Ahora, la autoridad se cimienta en la legitimidad; dicho de otro modo, en la confianza de quienes se convierten en seguidores de alguien por voluntad propia, sin que medie la coerción. Si los primeros, por ejemplo, reunieran ambas cualidades, podrían construir un legado trascendente y, con ello, ser recordados como estadistas, no solo como presidentes.

Según el jurista y escritor, Jeswald Salacuse, «La gente verá un curso de acción como menos riesgoso cuando este sea propuesto por alguien confiable». Gandhi, por otro lado, argumentaba que el progreso solo es posible cuando la honestidad hace la diferencia. Entonces, es importante enfatizar que la integridad y la transparencia constituyen una verdadera fuente de legitimidad.

Claro, contar con poder y recursos debe ir unido a enfocarse en el bien común, es así como se pueden realizar grandes obras y tomar decisiones justas. Además, un líder debe contar con una apropiada dosis de humildad y sapiencia para no traspasar el sano límite entre el merecido orgullo y la absurda arrogancia. La transgresión de esa fina frontera lapidaría sus propios logros.

Un ego inflado, origen de tantos males de la humanidad, es el peor enemigo de un líder. Por una parte, lo conduce a la pérdida de capacidad de escucha y, por otra, al aumento de las ansias de poder, control, prestigio y obediencia. Signos que atentan contra la salud de su gestión, pues su interés por alcanzar el objetivo colectivo es suplantado por el de saciar su ambición personal. Agotadas sus fuerzas, no solo no llega a un mejor puerto, sino que encalla en el que se encuentra.

David «Guaje» Villa, emblemático futbolista español, al anunciar su retiro, reconoció: «Prefiero retirarme del fútbol antes de que este me retire a mí». Que en el ámbito deportivo exista esa sabiduría, esa sensatez para comprender los límites nos induce a cuestionar por qué, en otros contextos, alguien se aferra a su decreciente autoridad, siendo que su legitimidad es ya endeble.

Paradójicamente, hay quienes pretenden puestos de autoridad apoyándose en la legitimidad real de sus seguidores, sin embargo, al alcanzar posiciones jerárquicas, abusan de la primera y pierden la segunda. «Cuando la tiranía se hace ley, la rebelión es un derecho», advirtió Simón Bolívar. Esto es: si para sostenerse en el poder se agotan todos los recursos legales, solo resta la coerción; si para reclamar los derechos se agotan todas las instancias, solo resta la desobediencia.

Para concluir, en el mundo de las empresas, quienes ostenten cargos de jefatura han de comprender que un liderazgo basado únicamente en la autoridad formal es insuficiente. Coherencia, justicia, apego a valores compartidos y sencillez: estos son, desde una visión integradora, los pilares sobre los que descansa la legitimidad… oxígeno de su poder real.

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