Ecuanimidad: ¡esto también pasará!

En el ejercicio del liderazgo, al igual que en las interacciones cotidianas en un equipo, la tensión, los desacuerdos y las crisis forman parte del camino. Los momentos gratos y el éxtasis por el triunfo también. No obstante, tanto las buenas como las malas experiencias son transitorias.

Los escaladores prefieren los terrenos quebrados, pues se apoyan en las rocas. Se agotarían subiendo por caminos planos y empinados. No evaden los obstáculos, los usan para impulsarse. Igualmente, en las empresas, hay personas que actúan como piedras en el camino. Con su ego desmedido, siempre intentan obstruir el paso de los que hacen lo correcto. Escucharlas, e incluso rechazarlas, le ataría a ellas. Mejor, serenamente, escuche su voz interior y avance con firmeza.

En el peregrinaje se suman los infortunios, que a veces deciden llegar juntos y sin previo aviso. Causan estragos, nos tientan a rendirnos y a caer en la desesperanza. Nos sentimos náufragos en medio de una tempestad. Justo entonces cobra sentido la máxima de Eurípides: «La desagracia termina por amainar. Los vientos no siempre soplan del mismo cuadrante ni con igual fuerza».

Los grandes líderes han escrito en las páginas de sus vidas episodios de dolor, amargura, injusticia, discriminación, tortura, enfermedad… El elemento común de sus historias es que jamás perdieron de vista su propósito de vida, uno que se elevaba por encima de sus desventuras. Dicho de otro modo: su recto pensar, sentir y actuar son la fuente de su paz espiritual.

Una mente serena previene la salida de la peor versión de una persona en un instante de crisis. Ahora, si bien esta resiste embates, también tiene su límite. Es más fácil decirlo que vivirlo, de ahí que el entrenamiento deba ser intenso en períodos de calma. El rumbo claro, los valores sólidos y la magnanimidad hacia los agresores son los «antídotos» contra la bajeza humana.

La soledad suele acompañar al infortunio. De esto da fe un proverbio alemán que reza: «Cuando la desgracia se asoma por la ventana, los amigos no se acercan a mirar». Las personas deben asumir el reto de salir adelante sin esperar que otros lo hagan por ellas. Tras los días aciagos, tras los momentos de crisis se esconde un silencio que no calla: se va lo aparente, queda lo verdadero.

La ecuanimidad ha de ser la aliada infaltable en los capítulos difíciles de la vida. También en los de algarabía y éxtasis. Estos hay que disfrutarlos al máximo, pues podrían ser breves. Y es necesario aprender de ellos. Así se podrán repetir con ecuanimidad y mesura, sin extremos, sin aires de grandeza. Las empresas que se autoaplauden y vanaglorian con exageración y arrogancia ―a pesar de su maquillada realidad― cosecharán los frutos del autoengaño. Sus «éxitos» también pasarán… En síntesis: el balance es la mayor «arma» de la persona virtuosa.

«Pase lo que pase, todo pasa», lo sabemos. Serenidad interior, silencio fecundo, fe en el elevado sentido de nuestras metas, calma frente a la maldad y las desgracias, esperanza cimentada en el arduo y perseverante trabajo: esas son las claves para madurar y avanzar. «Si hay sentido en la vida, entonces debe haber sentido en el sufrimiento», nos asegura el psiquiatra Viktor Frankl.

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