Intenciones al desnudo…sin maquillaje

Etimológicamente, la palabra confianza proviene de con- (juntos), -fi- (fiar) fides (fe) y -anza (cualidad). Bien, los miembros de una empresa conviven felizmente “confiados” en que el proceder de sus jefes y compañeros será predecible y bienintencionado. Así, al no tener que invertir tiempo en “leer” cada propósito ajeno, todos se concentran en superar resultados.

Lo anterior aplica también a los países. Diversos índices mundiales de confianza social e interpersonal sitúan a Noruega, Suecia, Finlandia, Suiza y Australia entre las naciones que más han consolidado una cultura política basada en la confianza y la cooperación. Hecho que impacta positivamente su convivencia y su desarrollo económico, por ende, su estabilidad y prosperidad.

Si la base de la confianza es endeble, cada miembro se protege y actúa a la defensiva; por eso no emprenden ambiciosos proyectos conjuntamente. En su lugar, la incertidumbre que deriva del actuar del otro conlleva a destinar tiempo y recursos en resguardarse y ejercer control. Los ambientes laborales donde imperan la suspicacia y la aprehensión se burocratizan cada vez más.

Entonces, ¿de qué le sirve el poder de experticia a la persona que dirige una organización si no es empática, justa, objetiva, balanceada ni consistente a la hora de tomar decisiones? De nada. Su incoherente actitud siembra dudas acerca de sus intenciones, y estas afloran poco a poco hasta el punto de desmaquillar la manipulación, los intereses personales y las agendas ocultas.

Las relaciones sostenibles y crecientes suceden entre personas que se aceptan en su unicidad; entre los que tienen conciencia de que el otro es eso, un otro. Quienes lo consiguen no depositan en sus semejantes sus miedos, su lesionada autoestima ni su autodesconfianza. De ahí que los gobernantes dictatoriales y los jefes autoritarios tengan un denominador común: son seres con autoconceptos complejos de entender hasta para ellos mismos, carecen de sabiduría al medir las consecuencias de sus actos, son atropellados por sus propios “autos” y dejan daño a su paso.

En los países con baja confianza entre gobiernos y amplios sectores de la población, la autoridad es sustituida por la represión; la tolerancia, por la violencia; la legitimidad, por la usurpación ilegal y abusiva de las instituciones. De igual modo, en las empresas cuyo proceso de toma de decisiones sea subjetivo, antojadizo y regido por juegos maquiavélicos de poder, se anulan el sentido de pertenencia, el comportamiento proactivo e innovador, el compromiso y la mística.

El primer paso para crear un clima laboral sustentado en la confianza es que, especialmente quienes dirigen, posean un sano equilibrio personal y profesional, que les permita discernir con justicia, reaccionar con ecuanimidad y juzgar con sabiduría. Esa conducta ética y consciente inspirará a los colaboradores a seguirlos, porque observarán que los valores de la empresa son verdaderamente encarnados por sus líderes con transparencia, carisma y credibilidad.

Las empresas crecen fuertes cuando sus miembros pueden confesar su desconocimiento, pedir o aceptar ayuda, reconocer sus falencias y rectificar, y cuando confían en que nadie usa maquillaje para ocultar sus verdaderas intenciones, ¿es así su organización?

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