Jefes que deciden con base en chismes

Según el papa Francisco, «Los chismosos y chismosas son gente que mata a los demás, porque la lengua mata, es como un cuchillo. Tened cuidado, el chismoso y la chismosa es un terrorista, tiran la bomba a los demás y se van tranquilos». También hay quienes dan crédito a los chismes y, peor aún, deciden con base en estos; si además son jefes, serían, igualmente, causantes de terror.

Es lamentable la bajeza en la que se hunden algunas personas que desempeñan altas posiciones en empresas, entidades educativas, gubernamentales, etc. Validan rumores, fraguan planes de venganza, guardan rencor, toman decisiones que dañan carreras profesionales y el honor ajeno. Es tan nocivo crear el chisme como reaccionar a él sin cuestionarlo. Veamos por qué lo hacen.

Cuando una persona está empeñada en dañar a otra, solo necesita una excusa, por minúscula que sea, para concretar su intención. Su falta de transparencia le impide reconocer su insensatez. Una causa residiría en el sufrimiento que le genera ver en otros lo que desea ver en sí misma, y como no lo consigue, inflige dolor. «A la miseria le gusta estar acompañada», reza la voz popular.

Hay jefes extraordinarios, justos, que resguardan la dignidad y la trayectoria de sus colegas y colaboradores; son la mayoría. Sin embargo, hay otros técnicamente aceptables, pero humanamente reprochables. Condicionan la lealtad y, para controlar el entorno laboral, recurren a prácticas como la manipulación, la amenaza sutil, el cotilleo, el autoelogio y los juegos políticos.

El chisme es arma predilecta de pésimos jefes, escudo de las mentes pequeñas. Tras validarlo, evaden responsabilidades: «Escuché que…», «Hay ciertos rumores sobre…», «Me dieron referencias de…», «En el estudio anónimo se menciona a…». Este recurso tan bajo para justificar acciones que, como bien refiere el papa Francisco, «matan a los demás», ¡¿le parece familiar?!

Sí, es una de las maneras más crueles de tratar al prójimo en una organización, para quien, además, las consecuencias son dobles: vivir una situación de indefensión ante el poder de un jefe y desconocer quién y por qué le causa semejante perjuicio. Ahora, la cobardía puede ser anónima, el cobarde no: tiene nombre y posición conocida, sobre todo para el que habla al oído.

Es fácil decir que hay que ignorarlo, pero cuando el daño es real es difícil desentenderse. «El chisme emite veneno triple, porque hiere al que lo dice, al que lo escucha y a la persona de quien se habla», advertía Ch. Spurgeon. Pierde poder cuando la fuente del ambiente de trabajo son los principios de sus dirigentes: integridad, justicia, responsabilidad, asertividad, respeto mutuo…

Los chismes se diluyen al llegar a oídos de personas de calidad, nobles, con moral, profundas e inteligentes. Ellas repelen la hipocresía, saben que tan falso es el rumor como quien lo inventa.

¿Solución? Como siempre, en materia de cambios, son tres los pasos: a) tomar conciencia del mal ocasionado; b) asumir la consecuencia; c) reparar. Esto se cumple si el nivel de conciencia alcanza. Las altas posiciones de poder deben sincronizarse con la calidad humana de los jefes, pues tal como argumenta Roger Federer: «Es bueno ser importante; pero es más importante ser bueno».

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